domingo, 30 de diciembre de 2012

Juan Rulfo. Pedro Páramo treinta años después.


TESTIMONIO


Mis amigos me recuerdan que Pedro Páramo cumplió treinta años en este mes de marzo. Pedro Páramo y El llano en llamas , han caminado por el mundo no gracias a mí, sino a los lectores con quienes ahora deseo compartir mi experiencia. Nunca imaginé el destino de esos libros. Los hice para que los leyeran do o tres amigos, o más bien por necesidad.
  En 1933, cuando llegué a la ciudad de México, aún no tenía quince años. En la Preparatoria no me revalidaron mis estudios de Guadalajara y sólo pude asistir como oyente. Viví al cuidado de un tío, el coronel Pérez Rulfo, en el Molino del Rey: escenario que fue de una batalla durante la invasión norteamericana de 1847 y hoy es el cuartel de Guardias Presidenciales junto a la Residencia de Los Pinos. Mi jardín era todo el bosque de Chapultepec. En él podía caminar a solas y leer.
  No conocía a nadie. Convivía con la soledad, hablaba con ella, pasaba las noches con mi angustia y mi conciencia. Hallé un empleo en la Oficina de Migración y me puse a escribir una novela para librarme de aquellas sensaciones. De “El hijo del desaliento” sólo quedó un capítulo, aparecido mucho tiempo después como “Un pedazo de la noche”.
  Tuve la fortuna de que en Migración trabajara también Efrén Hernández, poeta, cuentista, autor de “Tachas” y director de “América”. Efrén se enteró, no sé cómo, de que me gustaba escribir en secreto y me animó a enseñarle mis páginas. A él le debo mi primea publicación. “La vida no es muy seria en sus cosas”.
  No soy un escritor urbano. Quería otras historias, las que me imaginaba a partir de e lo que vi y escuché en mi pueblo y entre mi gente. Hice “Nos ha dado la tierra” y “Macario”. En 1945 Juan José Arreola y Antonio Alatorre publicaron estos cuentos en la revista “Pan” de Guadalajara.
  En la posguerra entré como agente viajero en la Goodrich-Euskadi. Conocí toda la república pero tardé tres años en dar otra colaboración. “La cuestión de las comadres a la revista “América”. Efrén Hernández logró sacarme también “Talpa” y “El llano en llamas” en 1950 y “Diles que no me maten” en 1951.
  Al año siguiente Arnaldo Orfila Reynal, Joaquín Díez – Canedo y Alí Chumacero iniciaron en el Fondo de Cultura Económica la serie “Letras mexicanas”. Me pidieron mis cuentos y, con el título de “El Llano en llamas”, l volumen empezó a circular en 1953. Acababa de establecerse el Centro Mexicano de Escritores. Formé parte de la segunda promoción de becarios, con Arreola, Chumacero, Ricardo Garibay y Luisa Josefina Hernández. Cada miércoles por la tarde nos reuníamos a leer y criticar nuestros textos en una casa de la avenida Yucatán. Presidían las sesiones Margaret Shedd, directora del Centro y su coordinador, Ramón Xirau.
  En mayo de 1954 compré un cuaderno escolar y apunté el primer capítulo de una novela que, durante muchos años, había ido tomando forma en mi cabeza. Sentí por fin haber encontrado el tono y la atmósfera tan buscada para el libro que pensé tanto tiempo. Ignoro todavía de dónde salieron las intuiciones que a las que debo “Pedro Páramo”. Fue como si alguien me lo dictara. De pronto, a media calle, se me ocurría una idea y la anotaba en papelitos verdes y azules.
     Al llegar a casa después de mi trabajo en el departamento de publicidad de la Goodrich, pasaba mis apuntes al cuaderno. Escribía a mano, con pluma fuente Shaeffers y en tinta verde. Dejaba párrafos a la mitad, de modo que pudiera dejar un rescoldo o encontrar el hilo pendiente del pensamiento al día siguiente. En cuatro meses, de abril a agosto de 1954, reuní trescientas páginas. Conforme pasaba a máquina el original destruía las hojas manuscritas.
  Llegué a hacer otras versiones que consistieron en reducir a la mitad aquellas trescientas páginas. Eliminé toda divagación y borré completamente las intromisiones del autor. Arnaldo Orfila me urgía a entregarle el libro. Yo estaba confuso e indeciso. En las sesiones del Centro, Arreola, Chumacero, la señora Shedd y Xirau me decían: “Vas muy bien”. Miguel Guardia encontraba en el manuscrito sólo un montón de escenas deshilvanadas. Rocardo Gariv¡bay, siempre vehemente, golpeaba la mesa para insistir que mi libro era una porquería. 
  Coincidieron con él algunos jóvenes escritores invitados a nuestras sesiones. Por ejemplo, el poeta guatemaltco Otto Raúl González me aconsejó leer novelas antes de sentarme a escribir. Leer novelas era lo que había hecho toda mi vida. Otros encontraban mis páginas muy “faulknerianas”, pero en aquel entonces yo aún no leía a Faulkner.
  No tengo nada que reprocharles a mis críticos. Era difícil aceptar una novela que se presentaba, con apariencia realista, como la historia de un cacique y en verdad era el relato de un pueblo: una aldea muerta en donde todos están muertos, incluso el narrador, y sus calles y campos son recorridos únicamente por las ánimas y los ecos capaces de fluir sin límites en el tiempo y en el espacio.
  El manuscrito se llamó sucesivamente “Los murmullos” y “Una estrella junto a la luna”. Al fin, en septiembre de 1954, fue entregado al Fondo de Cultura Económica y se tituló “Pedro Páramo”. En marzo de 1955 apareció en una edición de dos mil ejemplares  Archibaldo Burns hizo la primera reseña, negativa, en “México en la Cultura”, el gran suplemento que dirigía en aquellos años Fernando Benítez, con el título “Pedro Páramo o la unción y la gallina” que jamás supe qué diantres significaba.
  En la “Revista de la Universidad”, el propio Alí Chumacero comentó que a Pedro Páramo le faltaba un núcleo al que concurrieran todas las escenas. Pensé que era algo injusto, pues lo primero que trabajé fue la estructura, y le dije a mi querido amigo Alí, “Eres el jefe de la producción del Fondo y escribes que el libro no es bueno”. Alí me contestó: “No te preocupes, de todos modos no se venderá”. Y así fue: unos mil ejemplares tardaron en venderse cuatro años. El resto se agotó regalándolos a quienes me lo pedían.
  Pasé los dos años siguientes en Veracruz, en la Comisión de Papaloapan. Al volver me encontré con artículos como los de Carlos Blanco Aguinaga, Carlos Fuentes y Octavio Paz, y supe que Mariana Frenk estaba traduciendo “Pedro Páramo al inglés, Roger Lescot al francés y Jean Lechner al holandés.
  Cuando escribía en mi departamento de Nazas  84, en un edificio donde habitaba también el pintor Pedro Coronel y la poetisa Eunice Odio, no me imaginaba que treinta años después el producto de mis obsesiones sería leído incluso en turco, en griego, en chino y en ucraniano. El mérito no es mío. Cuando escribí Pedro Páramo sólo pensé en salir de una gran ansiedad. Porque para escribir se sufre en serio.
  En lo más íntimo, Pedro Páramo nació de una imagen y fue la búsqueda de un ideal que llamé Susana San Juan. Susana San Juan no existió nunca. Fue pensada a partir de una muchachita que conocí brevemente cuando yo tenía trece años”. Ella nunca lo supo y no hemos vuelto a encontrarnos en lo que llevo de vida.                 

De mi Agenda periodística.

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